lunes, 20 de abril de 2009

Jojo Mayer: jabón


Lo que hace el músico suizo Jojo Mayer es romper con sus baquetas la idea generalizada acerca del divorcio entre ejecución de instrumentos y los ritmos y melodías típicas de la música electrónica o, en nuestro caso, de las propuestas sonoras que tienen la música electrónica como cimiento. En su trabajo musical la carestía de virtuosismo no es una característica esperada ni un punto débil que atacar. De hecho la técnica con la que hace caminar su instrumento, la batería, y la fusión lograda (junto a su agrupación) entre tendencias musicales disímiles en su producto final le ha servido de referencia y atractivo a la mirada de sólidos músicos y también a un populoso y variado público por lo integro de su proyecto.


Desde que conformó su grupo en el año 1998 bajo el nombre de Nerve la música que ha salido de esta reunión generalmente ha circulado con inteligentes argumentos y justificaciones sonoras más allá del calco de caprichosas fusiones sugeridas por el canon. Un componente fundamental lo cumple Mayer con la manera particular de ejecutar su instrumento llegando incluso a ser lo más llamativo de las composiciones.


Un sonido logrado y propio que le interesa sobre todo mostrarse como un panorama opcional y complejo dentro de la extensa gama de movimientos sonoros alternativos e híbridos que hoy se despliegan en los terrenos de la música contemporánea.


Un testimonio de lo arriba dicho es ver su presentación en el evento Modern Drummer Festival 2005:








domingo, 12 de abril de 2009

Sergio Gorostiaga: la demora






Por medio de una escritura que se ha despojado de los signos de puntuación, de los títulos y de las vistosas letras mayúsculas Sergio Gorostiaga abre con esa estructura las puertas a un río breve y cristalino capaz de reflejar en su fluir apasionado una parte de su existencia, signada, sobre todo, por una conciencia punzante del paso atropellado del tiempo. la demora (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2001) es un poemario que atiende ese fenómeno y, lógicamente, otros motivos cultivados comúnmente en la tierra de la poesía. Los efectos que conlleva la presencia de un tiempo afanoso, como es de suponer, abordan gran cantidad de páginas, lo que nos trae, por extensión, una voz afectada que habla de ello y, además, de algunas obsesiones de la literatura y de la vida: la soledad, el (des)amor y la incertidumbre.



Siguiendo la pista que arroja el título del libro nos encontramos con un poema que termina de abrir el significado para el enunciado del mismo. Son versos testimonio de una fractura de la armonía que arribaría en caso de tener un tiempo presente o futuro menos gris y más pletórico de sentido: “(…) sin nada más hoy / sin nada más / los huesos sometidos / al castigo / de demorarme tanto” (p.51). Desde cierta perspectiva la primera parte del libro parece rondar bajo esta atmosfera de insuficiencia, registrando una intimidad marcada por cierto grado de incertidumbre y viendo, por ende, la fragilidad física y emocional que nos protege en el camino de la existencia. Algunos fragmentos pueden ayudar a ilustrar esta idea: “breve mi eternidad / todo breve” (p. 17); “apenas sujete la vida / soy / lo que rocé sin darme cuenta // un soplo de sol en la cara / y el paso de los días / como parpadeos” (p.21); “la vida debe ser más que este momento / más que el paisaje y estas sombras / repitiendo que todas las cartas de amor son absurdas, / ver pasar los días como quien mira / la gente y las casas y los árboles / desde el tren tan rápido no sé muy bien adónde” (p.59).



Si el poema que declara directamente la demora de un proyecto de vida sirve de núcleo y le da coherencia a la primera parte del libro, existe otro escrito con una naturaleza similar que apunta su luz a otra zona (o herida) de este poemario, es decir, de cierta amarga experiencia adquirida por el autor. Es un poema dedicado a Pablo:



el pronóstico decía parcialmente húmedo y nublado
vientos leves a moderados del sudeste
doce grados de máxima ocho de mínima
y en el horóscopo se podía leer textualmente
probable propuesta de un viaje corto, piénselo,
el treinta y uno de julio de mil novecientos setenta y seis
hace veinte años que según el tango
son nada algunas de estas cosas
te estaban destinadas en el diario, no olvidamos
ni perdonamos, te recuerdan siempre tu mamá
sergio y claudia”
(p.39)



El núcleo, aparte de la obvia voz dolida, radica en la fecha del poema: 1976. Sin duda una fecha como una cicatriz en la historia Argentina. Una época testigo de la extensión sombría de Jorge Rafael Videla por la nación argentina con todo el horror de un gobierno sanguinario. En otras palabras, la pesadilla del terrorismo de estado en ese país siendo una de sus armas la intolerable represión que haría desaparecer (junto a otros miles) a quién el autor dedica el poema, a su hermano, a Pablo. De allí que esta forma de comprender y hacer poesía se torne un refugio donde encajan amistosamente un desahogo y una postura política: “la tarea de descifrar tu muerte” (p. 69); “vendo una verdad venida a menos / (…) una justicia muerta” (p. 71).



Como señala Daniel Freidemberg en la contraportada del libro “formas de la ternura o la incertidumbre arrojadas a una prueba de fuego, la escritura, que viven la pequeña felicidad de hacerse palabra”. Y es que resulta inevitable el nacimiento de la ternura ante cualquier panorama humano, sobre todo si se dibuja con tanta sinceridad; inclusive con tanta confusión o soledad como se perciben en algunas áreas del escenario donde se desarrolla la demora: “algo que produzca razón / al despertar” (p.25), o también, “fantaseaba / la noción de tenerte de mañana” (p. 73). De esta forma una de las virtudes del poemario se manifiesta por medio de un testimonio claro de un mundo cicatrizado tanto por un camino empinado que de cuando en cuando se abre como única ruta personal y también por un contexto político atroz capaz de sembrar un drama con difícil posibilidades de dejarse de lado sin marca alguna. Un testimonio abierto que triunfa sobre lo velado que puede tornarse un poema.



Dejo acá un par de poemas:

guardé restos de una pasión perdida
di algún sentido a la vida mientras pude
y admití que todo puede continuar sin mí girando
he pedido disculpas y hasta me he perdonado
procuré asombrarme cerca del asombro
pregunté cómo son las cosas
cuando no las miramos


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hay días que no sé qué espero
parece extraño pero hay días en que me siento
y me pienso y no sé lo que espero
no sucede a menudo pero admito que hay días
en que salgo a la calle y me miro los pies
para confirmar que llevo la cabeza
busco una señal hasta en las cosas que conozco de memoria
como el padrenuestro que no rezo
casi todas las noches me atrapa la ilusión
de una palabra que cuido como promesa de amor
pero confieso que hay días en los que abro
la puerta de mi casa y todo está
tan a la vista que no sé

sábado, 4 de abril de 2009

Antonio Briceño y el rostro de los dioses







El fotógrafo venezolano Antonio Briceño es el autor de la serie Dioses de América: Panteón Natural (2007). El nombre del trabajo de inmediato nos acerca al perímetro que posee la propuesta tanto en lo temático como en lo geográfico: acercar en una fotografía la cosmovisión de unas comunidades originarias determinadas. Esta serie abarca una colección de retratos que intentan recrear dioses de diversos pueblos del continente americano. La imagen, por tanto, posee carga simbólica y documental a un mismo tiempo. De allí que el personaje, lo mismo que el contexto donde desarrolla su cotidianidad responda, entre otras cosas, a una intención de ilustrar la riqueza cultural y pluralidad de estas tierras americanas.

Los protagonistas de estas imágenes son dos: la persona y el paisaje. Por un lado, la persona porque evidentemente concentra gran parte de la propuesta de Briceño a través de la acentuación externa de su tradición y su identidad, sus peculiaridades y su mirada al mundo. La unión de todos estos rasgos favorecen la misión de recrear una imagen de deidad, o lo que sería una aproximación a un retrato del protector y dador de favores para ciertas comunidades.

Por otro lado, tenemos el ambiente, es decir, el paisaje como refugio de esta divinidad. La naturaleza tiene la facultad de ser el complemento de éste dios en virtud de un tratamiento donde refuerza el aire mítico y enfatiza a su vez una diferencia con el mundo occidentalizado: tecnológico y político.

Quizá la distinción más llamativa de la serie se percibe en las singularidades lógicas de cada pueblo. Aquí el paseo geográfico y cultural nos ubica en: Huichol (México), Kuna (Panamá), Kogui y Wiwa (Colombia), Quero (Perú), Kayapó (Brasil), Wayuu, Piaroa, Pemón, y Ye´Kuana (Venezuela). A pesar de ello, son las semejanzas (sobre todo en el campo de las creencias) entre cada uno de estos pueblos las que forman el cuerpo coherente de la propuesta, el cual, como es razonable pensar, contribuye a la recreación de un ambiente mágico. No obstante, la humanidad que cubre cada personaje no queda relegada, incluso parece asociarse armónicamente con el don de encarnar un elemento de la naturaleza. Como es de suponer en el rostro recae toda esa expresión que a pesar de la quietud es capaz de iniciar una historia.

La muestra también se apoya en la simetría de la composición, los colores tanto de la vestimenta como del ambiente siguen éste orden y generan la coherente estructura que le da solidez a toda la serie. Son rasgos a tener presentes porque también invitan a no aceptar del todo el término documental, pues la fotografía acá se moviliza con los viejos resortes de la pintura: esta premeditada, pensada, construida y ficcionada. El fotomontaje es el medio para lograrlo y, sin duda, la diferencia. No obstante, gracias a este recurso se lleva a cabo los dos sentidos de las fotografías: la construcción estética y la valoración de un detalle cultural de todas estas comunidades que se desenvuelve en el continente que pisamos.

Sin esa peculiar construcción de la imagen no puede haber presencia del “otro”. Sin embargo, se pone de manifiesto cierta familiaridad a través de la fisionomía típica y cercana, el tipo de ambiente (aunque parezca idealizado) y alguna creencia opacada actualmente por la virtualidad con respecto al mundo natural.

El panorama que busca el fotógrafo Briceño se inclina por rescatar una serie de comunidades, a través de una iconografía muy personal, del marginamiento a las que generalmente se arrastran. Para esto el autor cuenta con la doble arma de su técnica: la documentación y la ficción. Unidas nace y camina la serie Dioses de América y, sobre todo, componen un camino valedero para el arte. La posmodernidad no niega el pasado, lo reinterpreta o lo rescata como lo hace el señor Briceño, alimentando, enriqueciendo y estétizando el área del documento.

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imagen 1: Mry-kaak. Hombre-anguila. Cultura Kayapó, Brasil, 2006
imagen 2: Tewímako. Dueño de las piedras, cultura Kogui, Colombia. 2004
imagen 3: Anemey. Dios de las aguas y la purificación, cultura Piaroa, Venezuela. 2003